Me sabe a fresa y cigarrillos

El aroma a las fogatas de incienso se acuartelan en aquella habitación oscura de la calle Guemes. Los pétalos de rosa la cubren por completo, vidriecillos en círculo se descuelgan del techo iluminando por doquier, máscaras perfectas de una osadía irrespetuosa. Adentrarse en el pensamiento de los hombres es su destreza, no cabe duda que Helena ha entregado su vida a la seducción de los otros. De nuevo, es un aroma lo que interrumpe en el viejo café desencadenando los más corruptos deseos. Huele a cigarrillo. Su locura es pasajera, en medio de un leve silencio Helena vuelve a ser la mujer taciturna pero inquieta. Ella conoce de antemano que pronto volverá a aquel mundillo colérico, ese que se envuelve en el placer de la palabra escandalosa.

Ahora mismo, las penumbras comienzan a despejarse, claros oscuros emergen a borbotones, tan excelsos como efímeros, recorren cada rincón del viejo café, que instalado con su melódico tango es dueño y señor de la calle de aquel barrio que todo lo sabe. Tabernáculos impacientes se extienden alrededor, son cómplices llenos de ponzoña, traen collares de fresas que chorrean carmesí.

Dos bellas piernas se entrecruzan por momentos, alineándose sutilmente con los riachuelos carmesí que se han dibujado en el asfalto de aquellos andenes. Más cuadrículas, más rejillas, más figuras bordan sus largas extremidades y la decoran con fina negrura sexual. Hace mucho tiempo que Helena aguardaba esa sombra colada por la puertilla de madera. Odia esperar, odia advertir que el rojo fresa en su pierna cruzada empieza a notarse, sin embargo, aún tiene caliente su mate, sorbe profundamente hasta terminarlo.

Los pensamientos mariposean por cada rincón de aquel espacio añejo. Helena se acomoda su escote, nota las sensuales figuras de su lencería expuestas. Suspira, quizás en algún momento jadea. Se despeina, para luego volver a acomodar ese rebelde mechón. No deja de mirar hacia afuera ese gran número de siluetas oscuras que pasan y pasan frente a ella, pero ninguna es la que espera. Se levanta y camina de un lado a otro, busca desesperadamente hacerse notar y, así, hacer alguna señal que oriente a esa silueta tan íntimamente buscada, hacia sí misma, hacia su viejo café.

Al final, la tarde llega apacible, la mujer finalmente entiende que su apuesta acabó. La percepción en la castaña atmósfera es tan brutal y fuerte, que aquella mujer de menuda figura jamás esperó venir. De nuevo con lágrimas a punto de brotar se acerca a Marcos, él detiene su labor en la barra y la mira con sonrojada pena, ella le entrega un par de monedas y le dice: “Es todo… no espero más, Papá no vendrá” Ramiro el padre de Helena una vez más le ha fallado, le ha mentido, la ha traicionado, una vez más a dejado una ponzoña clavada en su alma. Marcos con respiración perturbada le pregunta si ya habló con Esther, si ella ya está al tanto de todo. Helena contesta: “Mamá ya lo sabe, se lo conté, debía hacerlo, cada que la miraba a los ojos me entumecía y atragantaba. Es agónico observarlos sabes.. tan felices… regodeándose de caricias y escupiéndome certezas de vínculos infinitos e indestructibles. Mamá nunca me creyó y estoy convencida que nunca lo hará. Por eso estoy aquí Marcos, justamente esperaba a mi padre, quiero que se haga cargo de todo, que le haga entender a Mamá que su huella en mí cicatrizó y que jamás se borrará. Pero mira no vino, me dejó sola en esto, me siento muerta en vida, completamente minimizada y tan sola, si Marcos… tan sola como el día en que nací”.

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