Parásito, la rebelión de las ratas

A mediados del siglo XIII una pandemia se esparcía sin control por toda Europa causando muerte y terror entre sus pobladores, quienes consternados, solo atinaban a suplicar por la misericordia de un Dios colérico, asqueado de su creación y completamente adicto a castigos infernales. Ahora sabemos que no existió tal Dios maquiavélico. La peste negra fue el resultado de unir suciedad e higiene incipiente con pulgas y ratas. El apocalipsis para aquellos habitantes se originó en su creencia inquebrantable, fueron fieles que creían ciegamente en su iglesia y no llegaban a imaginarse los alcances, ahora sí maquiavélicos, de la racionalidad humana.

Pues bien, la cinta coreana Parásito del director Bong Joon-ho, es la perfecta representación de la esclavitud mental y el dominio humano ante una fe ciega. Por un lado, nos muestra a la consagrada ama de casa, crédula hasta el tuétano, quien convencida de su excelente entrenamiento como administradora del hogar, se ha olvidado de lo vulnerable que es el ser humano cuando radicaliza su accionar diario a dogmas sociales incuestionables o estereotipos irrefutables. Ella consagró su matrimonio, maternidad y vida de hogar a prejuicios sociales que sobrevaloran, sin duda alguna, el costumbrismo ancestral, logrando enceguecer a cualquiera.

En contraste, también se nos presenta a una familia arruinada, sin criterio ni esperanza alguna, mártires modernos, parias sociales, aferrados a la vida en medio de un desorden no sólo físico sino mental, a quienes milagrosamente se les aparece su ángel de la guarda para anunciarles que su tormento habrá de terminar y que ellos son los elegidos, ellos darán testimonio de la gloria, el poder y la supremacía del Gran Dios, que para la narrativa de la película sería, como lo expone perfectamente Yuval Harari en su libro Homo Deus, el Dios hombre.

Credulidad parroquial y astucia evolutiva de nuestro cerebro, son recreadas hábilmente en la cinta coreana con escenas de tragicomedia puras, así mismo estamos ante un guión impecable, que trae a la pantalla la representación de icónicos valores y antivalores capaces de cuestionar nuestro delicado orden establecido de pensar y actuar. Mientras recorremos la historia y nos adentramos en ella, surgen los diálogos de estos personajes emocionalmente preciosos y perturbados. Mujeres, hombres, adolescentes y niños que enmarcan con inteligencia la liberación salvaje de ataduras arcaicas impuestas, inclusive, hasta nuestros días.

Parásito es una película para replantearse hasta donde somos capaces de llegar por tener acceso al éxito ¿soñar y desear con pasión un objetivo de vida, es suficientemente válido para asesinar nuestra moral? ¿qué tan manipulables somos o, quizás, qué tanto manipulamos a los otros?

Observar esta obra del cine oriental, es la excusa perfecta para el análisis y la reflexión a uno de los temas más controversiales del acontecer actual ¿estamos los humanos condenados a desaparecer producto del gran poder de la racionalidad y sus revoluciones cognitivas? ¿La incipiente capacidad de la razón de conmoverse con la debilidad de aquellos que no evolucionan genéticamente como se espera, reseñándolos directamente con la inferioridad de razas, nos conducirá al exterminio? Amanecerá y veremos.

Jocker, el despertar de un delirio

Comprender el universo alucinante y brutal del racionamiento humano, apreciar a través de una historia el mordaz destino de crueldades enajenadoras, salir de la sala de cine completamente perturbado y solo desear que tu mente se despeje, fue lo primero que rondó por mi mente. Decido caminar un buen rato. Ya en mi refugio, envuelto en los silencios y la música que me tranquiliza, intento comprender: ¿Cuáles son los límites de la maldad? ¿Qué provoca ese desenfrenado accionar de perversidad en los humanos? ¿Somos víctimas o victimarios del poder mental? Bien, podría decir que son las sensaciones y los cuestionamientos que, tras ver la cinta del director Todd Phillips,  experimenté.

Jocker es una película que veníamos esperando hace décadas aquellos que, sin ser fanáticos de las historietas, queríamos ver retratada en la pantalla grande con un excelente guión e interpretaciones magistrales. Por primera vez nos centramos en la historia de uno de los villanos más icónicos del comic de DC, el guasón, quien nació en las historietas del hombre murciélago en el año 1940, convirtiéndose en la maldad humana en su más íntima y fecunda expresión.

El personaje se nos ha mostrado en diferentes facetas y con contrastados índices de maldad a lo largo del tiempo, todas ellas en representaciones impecables de talentosos actores como Jack Nicolsohn, Heath Lealler o Jared Letto. Este personaje tanto en los comics como en las series y películas, nos ha expuesto a una montaña rusa de emociones, producto de esa bendita cualidad que como buen villano, nos transforma en cómplices de su crueldad y su oscuro universo.

Ahora que he visto la cinta de Phillips, magistralmente interpretada por el actor Joaquin Phenix, quien por cierto tiene su propio pasado denso y oscuro, encuentro un delirante deseo por alinearme con el personaje al grado de justificarlo y, debo confesarlo, llegar a amarlo. Arthur Fleck el personaje que luego se convertirá en tan corrosivo ser, se nos presenta como un hombre enajenado y el resultado de una sociedad contaminada por la injusticia, el hambre, la codicia, la barbarie,  la decadencia política, la discriminación, el consumismo delirante, las apariencias enfermizas, la violencia letal, el capitalismo implacable y, por supuesto, el odio y desprecio profundo hacia aquellos que no se alinean, esos que ante los deseos de poderosos no se doblegan.

De principio a fin nos consternamos con el descabellado actuar de un enfermo mental, vemos como intenta con todas sus fuerzas por salir de ese abismo caótico al que fue enviado por las circunstancias (ven la justificación), somos testigos del esfuerzo sobrehumano de un hombre por encajar en una realidad tóxica que diariamente lo expulsa y condena a la fatalidad (se dan cuenta de lo que me refiero cuando hablaba de justificación). Al final, comprendo que su cabeza estaba completamente quebrada y corroída, reconozco el dolor inmenso que ha padecido este ser para llevar a cabo su transformación, soy testigo de su maldad y quedo quebrado con ese sin sabor de reconocerlo víctima o victimario.