Stupid girl – Garbage

Mañanas enteras y bastante aletargadas por aquel entonces, eran el origen de empapados rocíos de nucas y espaldas cadenciosas. Un par de estos rocíos se camuflaban con el aroma de las flores de mayo, esas púrpuras flores incrustadas en el yunque maderoso del viejo jardín materno. A mediados del año 1999, mi corazón puberto latía descontrolado y aletoso por el joven hermano de mi mejor amiga, un hombre de 20 años, universitario, con un cuerpo de futbolista _ piernotas _ y esos labios carnosos que en mi imaginación me transformaban en una especie de depredador precoz y al acecho. Su nombre, Dario.

Su mano fuerte y tibia fue escabulléndose por debajo de mi camisilla, sus dedos jugaban con mis huequitos sexis de la espalda. Me gustaba sentir su tacto. Tomé la iniciativa y sin esperar a que él actuara, decidí llevarme de vuelta a la boca el mal mezclado destornillador… jumm así le decían a ese cóctel, y tomar otro sorbo. Esta vez me supo mejor. Dario me estremecía por completo. Entorpecia mis pensamientos con su torso desnudo, sus pectorales firmes y seductores, sus piernas de futbolista _ dos perfectas torres que llegaban al Olimpo de su sexualidad, en donde sus glúteos y bulto frontal exuberante enaltecían su perversidad. Me hipnotizó, se apoderó de mi sensatez y liberó en mí la lujuria más natural y espléndida. Me volteé y en sincronizado movimiento mis ojos y mi mano derecha se apoderaron de la humanidad completa de Dario.

Cuán cálido y reconfortante fue tu abrazo Dario, cuán soberbio fue tu acercamiento. Sentirte me estremeció. Cuán lasciva y vivaz fue tu mirada, cuán conveniente tu diálogo erótico, cuán irrespetuosa tu osadía y cuán indispensable y anecdótico nuestro sexo. Aprendimos juntos a conocer las rutas futuras que se avecinaban pronto. Sin duda alguna, el camino que a ti te tocó Dario fue simplista, el de la negación. Muy por el contrario, mi camino fue una dolorosa travesía plagada de realidades francamente nocivas. Después de ti llegarían más hombres, heterosexuales, seducidos por la misma piel suave, la misma figura andrógina y los mismos ojos seductores. Fueron avispones con similar fórmula encantadora y repulsiva de polinizar y abandonar para siempre una vez saciado su aguijón.

Sonrisas cómplices, atrevidas decisiones, salvajes y eróticas palabras se estrellaron en las paredes cubriéndonos con la adrenalina de lo prohibido y el aliento espeso de un Dario casanova que ya hurgaba con su lengua mi garganta. Aquella tarde cambió mi vida y estoy seguro que la de él también.

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